lunes, 5 de abril de 2010
DE CIERTAS FRASES
Más resignada, más civil, mas intelectual.
Historia Universal de la Infamia. Jorge Luis Borges, 1935.
Afanoso leyente, he llegado a saber que hay ciertas frases que poseen una intensidad equivalente a arduas literaturas o a asombrosas cosmogonías. No esos meros abalorios de circo, que nos provocan un pequeño vértigo o una burda incomodidad:
Esta frase es falsa
ni a esas que nos asustan con su imponente belleza:
Todo estaba iluminado como a la espera de una Reina muerta (1)
o con sus terribles certezas:
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (2)
No a esas, me refiero a otras aun más intensas, a aquellas que con cinco o seis* palabras nos dan una perspectiva del Universo absolutamente distinta:
Imagina que está bien equivocarse
Piense un minuto el lector la trascendencia que esta esconde...
Por favor, un minuto...
La escuché (no leí) no hace muchos días en una radioemisora de Frecuencia Modulada. Esta frase de cinco mínimas palabras, contiene una muy sugestiva invitación, nos da una ilimitada libertad para pecar, arriesgar, intentar, probar, jugar, nos quita el peso terrible de decidir lo correcto, de buscar para siempre la acaso inexistente verdad.
Pero cuidado, también contiene la semilla de una pavorosa posibilidad. Si, ingenuamente, cambiamos en ella apenas el tiempo de uno de sus verbos, agregamos una leve sílaba, la misma frase se convierte en una atroz pesadilla:
Imagina que estaba bien equivocarse
Creo no necesario pedir ya otro paciente minuto...
Entonces, por ese simple artilugio gramático, vemos con terror que es capaz de convertir (¿o convierte?) nuestro ya asumido pasado en una serie de decisiones triviales, simples azares intrascendentes. Todas esas decisiones que nos mortificaron y nos hundieron en la duda, con sus horas de vista fija en el vacío, con sus insomnios y sus desesperaciones, son ahora solo bifurcaciones inofensivas e indistinguibles, y la orgullosa maquinaria de la razón, a la que creímos recurrir para tomar el camino correcto, no es más que una herrumbrada veleta en lo alto de un campanario abandonado.
Las altas murallas, las pesadas y tristes cadenas de barco, los limites infranqueables, habrán sido ilusorias imágenes de nuestros íntimos miedos..., aquellos ocultos (y a veces oscuros) deseos habrían podido ser llanamente cumplidos.
Convengamos que hay ciertas frases que es preferible no conocer, y si por una mala coincidencia accedemos a su conocimiento, debemos evitar usarlas en inútiles (o siniestros) ejercicios de gramática elemental. Vale.
* Se de una de apenas tres palabras, pero creo que necesita de su contexto para declarar toda su violencia. La cito en el parrafo que la incluye:
“En el Crac de los Caballeros de Rodas, cuyas ruinas se levantan en un acantilado cerca de Trípoli, hay una tumba anónima que tiene la siguiente inscripción: “No era aquí”. No hay día en que no medite en estas palabras. Son tan claras y al mismo tiempo encierran todo el misterio que nos es dado soportar.” (3)
(1) Orlando. Virginia Woolf, Traduccion de Jorge Luis Borges. Sexta reimpresion en Pocket Edhasa, España, Octubre 1999.
(2) Verrá la morte e avrá i tuoi occhi. Poema, Cesare Pavese, En “Pavese”, traducción de María de la Luz Uribe, Editorial Baranova, Barcelona 1982.
(3) La Nieve del Almirante, Pág. 26, en Empresas y Tribulaciones de Maqroll el Gaviero. Siete Novelas. Alvaro Mutis. Editado por Santillana en el sello ALFAGUARA, 1995, Bogotá, Colombia.
lunes, 29 de marzo de 2010
DE LA TINTA Y LA DECONSTRUCCION
Hace unos días, tras la muerte de Derrida, y previendo que se escribirían muchas notas sobre su vida y obra, quise entender (a nivel Reader Diget’s) lo de la “deconstrucción”. Como esperaba, en el suplemento Artes y Letras, de EL MERCURIO, domingo 17 de octubre 2004, se publicaron dos extensos artículos sobre el tema y el filósofo:
FILOSOFÍA. A PROPÓSITO DE UNA SONADA VISITA: NORTEAMÉRICA DECONSTRUIDA
y HOMENAJE. FILÓSOFO FRANCÉS: EL LEGADO DE DERRIDA
cuya presentación era:
“El filósofo nacido en Argelia, famoso en el mundo por su filosofía de análisis crítico del lenguaje, murió en Francia a los 74 años. Cinco académicos chilenos recuerdan sus principales aportes, mientras que Francois Cusset comenta el impacto de sus enseñanzas en Estados Unidos.”
Por contener variadas opiniones inicie mí exploración por el segundo articulo, (paginas E4 y E5), e iba avanzando en el concepto de “deconstrucción” con bastante buen viento hasta que llegué al texto del profesor Raúl Madrid, de la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica. Ahí leí:
“El pensamiento de Jacques Derrida originó verdaderos ríos de tinta desde la publicación de De la gramatología, en 1967, hasta los últimos textos (en apariencia) más orientados a la vida contingente.”
Bien, me dije, he aquí alguien que sabe que los ríos de tinta más enturbian que aclaran. Continuando la lectura sentí la brisa empopada hinchando el velamen, cito:
“Su obra fue ocasión para el encuentro de prestigiosos especialistas, pero también para una nutrida pléyade de saltimbanquis ideológicos y oportunistas académicos que encontraron, a su alero, el mejor modo de no decir nada y resultar impunes. La maraña de estos últimos, quizás, no permitió en ocasiones llegar a vislumbrar el real valor de su propuesta filosófica.”
Perfecto, atine a predecir, el profesor no es un saltimbanqui ni un oportunista, evitara no decir nada impunemente, me rescatara de la maraña para hacerme vislumbrar la verdadera propuesta filosófica de Derrida. Reconozco mi apresuramiento, a pesar de mis años la ingenuidad aun me castiga de vez en cuando, el siguiente párrafo me lo demostró con hartura:
“Creo que el núcleo de su legado intelectual es el concepto de deconstrucción. De él se desprende una reinterpretación de la metafísica como hermenéutica, y de la hermenéutica como iteración del significante; actitud que convierte en filosofía de la presencia toda reflexión no deconstructiva.”
Nunca he leído a Derrida, ya no lo leeré, sus afanes me son ajenos, pero me quedaré creyendo que él se hubiera reído a carcajadas al ‘deconstruir’ este turbio y tortuoso arroyuelo de tinta del profesor Madrid. Vale.
F.S.R.Banda
Santiago de Chile
Especial para Revista DIALOGOS Nº 3 - Noviembre 2004
EL PREDADOR
EL ANAQUEL DE LIBROS DE ISMAEL
Conocí a Ismael Jara Bernales a fines de los ochenta, coincidimos en el mismo carro del Metro, me llamo la atención oír una conversación en que uno de los interlocutores usaba de vez en cuando algunas palabras en ingles muy bien pronunciadas, mire curioso y vi un hombrecito malvestido, con una barba de dos o tres días, que no calzaba con su voz bien modulada y ese ingles británico. La notoria contradicción hizo que lo reconociera una semana después en el café, estaba solo sentado en una pequeña mesa. Había tomado ya su express y dibujaba, así me pareció, figuras imaginarias con el dedo del corazón sobre la mesa. Al retirarme me obligue a pasar por su lado y pude observar que lo que hacia era dibujar con granos de azúcar una compleja figura geométrica circular con muchas puntas simétricas, la oscura y reluciente superficie de la mesa hacia resaltar la estrellada imagen. Me fui pensando que tamaño trabajo era el equivalente citadino de dibujar en la arena de la playa.
Fue en el club de ajedrez donde lo encontré por tercera vez. Hacia más de cuatro meses que no iba, pero esa tarde el frío de un otoño en ciernes me llevo con la promesa de pasar unas horas en la grata tibieza de un salón lleno de fumadores. En la sala habían ya a esa hora cinco mesas ocupadas con los jugadores ensimismados en los tableros, busque una mesa con algún jugador a la espera de un contendor, cerca del rincón que daba hacia la puerta lo vi sentado esperando muy derecho frente a un tablero con las piezas ordenadas.
La primera partida me la gano fácilmente, jugo una densa y complicada variante de
La pieza que habitaba era pequeña, una luz sucia que entraba por una ventana grande, ajedrezada por vidrios gruesos y cartones, apenas permitía reconocer los escasos muebles. Lo primero que llamaba la atención era el un gran anaquel de color caoba lleno de libros. Se notaba que era una mueble muy viejo, pesado, y a pesar de su notoria antigüedad estaba en excelentes condiciones. Contenía unos doscientos libros, todos se veían usados y algunos muy desgastados.
Fue directamente hacia el librero y abrió la media puerta de la izquierda, y sin dudar extrajo el libro ofrecido. Me lo paso en silencio con un gesto como de que eso era todo. Me despedí agradeciendo la gentileza y prometiendo devolverlo antes de una semana.
No pude cumplir la promesa. Debí viajar fuera del país por más de un mes. Al día siguiente de mi llegada fui inmediatamente a su casa.
Cuando le explique entre disculpas que iba a devolverle el libro, me dijo que no era necesario pues ya tenía otro volumen. Le comente mi extrañeza porque el libro era una edición muy antigua y rara, lo que hacia casi nulas las posibilidades de encontrar otro igual.
-No lo encontré -me dijo, mirándome con unos ojos tristes- siempre que saco un libro y no lo repongo, el anaquel después de unos días llena el espacio vacío con otro igual.
Le sonreí, pensando que estaba siendo irónico para remarcar mi atraso en la devolución.
-Es cierto –me confirmó, y su voz denoto cierto cansancio, como si esta conversación ya la hubiera repetido infinitas veces.
-Pero eso es maravilloso –le dije entre asombrado e incrédulo.
-Pareciera -dijo- pero me ha condenado a leer para siempre los mismos libros.
lunes, 14 de septiembre de 2009
INTERSECCIONES
Keats, ajeno de error, puede pensar que el ruiseñor que lo encanta
es aquel mismo que oyó Ruth en los trigales de Belén de Judá.
Jorge Luís Borges
No un ahora cerrado donde se eliden pasado y futuro,
sino un punto móvil de intersecciones temporales.
María Esther Maciel
La última vez que la vi fue en el Cory, un café un tanto socialité en medio de un mall céntrico, y rodeado de tiendas que habían sido lujosas unas décadas antes. Traía sus tres libros publicados, y fue lo primero que puso encima de la pequeña mesita antes que llegaran las tacitas de café. Para hacer notar mi cobardía de poeta inédito. Sentí como esos tres libros eran el pedestal sobre el que ella se ubicaría durante nuestra conversación para marcar nuestras diferencias. Pero me equivoqué, conversamos sobre literatura, de amigos comunes, de lugares que ambos conocíamos, y la charla fue grata, tranquila, de igual a igual como la de dos viejos amigos. Los que nos vieron ese día habrán pensado que nos conocíamos desde mucho tiempo atrás.
Y no se equivocaban, unos pocos años antes nos habíamos cruzado varias veces sin reconocernos en una larga calle empedrada. Yo aun ejercía el cargo de rabdomante en una gran compañía que explotaba minerales en el norte del país. No tengo el recuerdo preciso de algunas de esas intersecciones azaristicas, por esos soles yo aun andaba en la búsqueda de una reina perdida y mi atención estaba dedicada a encontrarla. Sí puedo recordar el empedrado de esa calle y sus altos y vetustos árboles.
Y aun antes nos habíamos encontrado ya en las calles de una ciudad del mismo norte donde aquella compañía extraía lo metales y sus ganancias por la plusvalía. Esos encuentros fueron eso sí mas recurrentes, ella nació y vivió en esa lejana ciudad sin lluvias donde todas las calles daban al mar, y yo trabajé muchos años en ese desierto sudoroso. Como no era una ciudad muy grande es fácil apostar que mas de alguna vez llegamos incluso a escucharnos, aunque sin reconocer nuestros rostros. En muchas ocasiones conversé con una de sus hermanas, la que repetía sus ojos en la dulce amabilidad de una amistad circunstancial.
El 4 de septiembre de 1789 solo la había divisado de lejos. Yo por ese entonces trabajaba como jardinero en la quinta de la Baronesse de Signy. Ella apareció encabezando la turba que incendió la mansión y arrastró a la baronesa hasta la plaza donde fue guillotinada esa misma tarde acusada de ser la amante de Monseñor de Rohan, el antes respetado cardenal. Su imagen arengando el tumulto al grito de ‘á bas les chien de la monarchie’ y con los jirones de una bandera tricolor en una mano y en la otra un sable de caballería, asistió con terrorífica regularidad a muchas de mis pesadillas en los años siguientes.
Antes, en mi única peregrinación como monje del Real Monasterio Cisterniense de Santa María de Veruela, la volví a encontrar haciendo el Camino de Santiago. Habíamos llegado a media tarde a la abadía de la Santa Clara y nos detuvimos allí a comer algo y quitarnos del polvo del camino. No hacia mucho tiempo que Don Pedro I había entregado a Doña Berenguela de Espín, el Monasterio de Santa Clara La Real, y esta como abadesa cuidaba con celo de carcelero la clausura de sus monjas clarisas. Pero una carta del Obispo de Murcia nos permitió acceder al comedor donde se atendían las muy restringidas visitas familiares de las religiosas. Se nos permitió descansar allí unas horas, solo hasta las Vísperas para no interferir en la estricta liturgia del vedado lugar.
Estábamos poco antes de partir escuchando a la abadesa sobre la historia reciente del monasterio que había sido propiedad del emir Ibn Hud, y la última residencia de los emires musulmanes tras la caída del reino de Murcia en manos cristianas, cuando se acercó al pequeño grupo una monja clarisa descalza. Era ella, el hábito pobre, muy parchado, y la palidez mortecina de su cara y sus manos, mas sus pasos extrañamente silenciosos, la hacían parecer un fantasma antiguo y desolado, sentí de pronto que no era de este mundo, y para mis adentros pronuncié inconcientemente el Vade Retro. Saludó con una voz apenas audible y con los ojos bajos, y le susurró a la abadesa algo que no alcanzamos a escuchar. La abadesa de inmediato nos anunció que ya debíamos partir, y mientras nos poníamos de pie nuestras miradas se cruzaron. Dios me perdone, pero creí ver en su mirada el leve inicio de una sonrisa. Baje la cabeza en señal de respeto y me dirigí como avergonzado hacia nuestros bultos de viaje. Cuando salíamos al camino me volví a mirar por ultima vez el monasterio, y me pareció verla mirándonos tras la ventana enrejada de la sala donde habíamos vivaqueado. Pero de inmediato pensé (sic) que todas la monjas son iguales, y que no había razón para que fuera ella la que fisgoneaba a unos pobres monjes citerniences.
Pero la primera vez que nos encontramos frente a frente, de ello estoy seguro, fue en los tiempos del remoto reino de Egipto. Ella era una de las esclavas eslavas del séquito de Cleopatra Filopator Nea Thea, la divina Cleopatra VII, la última soberana de la dinastía de los Ptolomeos. La había comprado el secretario del Consejo Supremo, Esekpabluh, a una caravana de traficantes de esclavos que comerciaban entre Galich y el bajo Kemet. Su vasta cultura y su dominio de varias lenguas bárbaras hicieron que la Divina Ptolomea la agregara a su corte
En esa época yo era el piloto de la nave imperial, pues conocía muy bien los bajíos y las zonas rocosas ocultas en las riberas llenas de cañas y papiros donde había sido cazador de cocodrilos junto a mi padre. Llevábamos dos días de navegación por el sagrado Nilo. La reina había asistido a la ceremonia del sellado de la tumba de aquel Esekpabluh, su favorito, en Menfis, la ciudad de los muertos.
Yo caminaba por el puente llevando la tablilla con los dibujos de los peligros que se presentarían durante la navegación nocturna. Recuerdo como si fuera hoy, que se escucho el golpe blando y amortiguado de un hipopótamo muerto contra la proa cuando ella apareció con una cesta de higos camino al salón de la reina. La historia, siempre infiel, habla de las criadas Iras y Charmion, pero yo soy testigo, quizás el último, de que no fueron ellas. Sé que nuestras miradas se cruzaron con una tenaz intensidad, pues ese día en el Cory sus ojos me trajeron de inmediato desde el mas profundo rincón de la memoria el olor a algas y cañaverales podridos del gran río, y el inolvidable perfume de las hierbas y flores exóticas que la hermosa y enigmática hija de Trifena hacia quemar cuando estaba triste.
A Danica Sekul.
Santiago, Octubre de 2007
martes, 26 de mayo de 2009
MIGUEL DE SERVET - La Trinidad o la Hoguera
En el incontenible río del tiempo, ha de haber, así lo imagino esta apacible tarde del verano de fines de los noventa, un lento flujo en las orillas y una rápida corriente en su centro. Esta última es la fragorosa sucesión de causas y efectos cotidianos, el pecado de la tarde es la sudorosa pesadilla de esa misma noche. El otro, de más lento retorno, más denso, es el que origina la historia. Es el que urde en puntadas de siglos la causa intrascendente de hoy con el efecto devastador que espantados hombres asumirán dentro de tres o cuatro generaciones.
Así, cuando el año del Señor de 325 los obispos del Concilio de Nicea iniciaron la doctrina de la Trinidad, el credo miceno, estaban enviando secretamente en 1553 a Miguel de Servet a su hoguera. En esta trama transecular un Jean Cauvin, alias Calvino, habrá sido mero servidor, sino mínimo reflejo, de un relámpago iniciado doce siglos antes.
Miguel de Servet, el hereje de Huesca, no quiso ser parte de ese flujo lento y cenagoso que atravesaba los siglos, y declaro su rebeldía a ese dios tricéfalo, tricorporeo o tríptico del que no hablaban los textos sagrados. Condenado por los católicos, fue arrestado, enjuiciado y ejecutado por los calvinistas. El castigo, la quema lenta.
Indago por su vida, hechos y fechas en mi biblioteca, cuatro volúmenes lo detentan y lo eximen de un posible olvido. El hombre que a los veinte años publico su DE TRINITATIS ERRORIBUS, para sacar a la luz el error de esta invención monstruosa, la cita es de Borges, merece ocho líneas en la PEARS’CYCLOPEDIA de 1930, doce en el DICCIONARIO ENCICLOPEDICO ILUSTRADO SOPENA de 1980, un pequeño párrafo de tres miserables líneas en PROVIDENCIA DE DIOS de Quevedo, escrito en 1700, y una pagina en el MANKIND’S SEARCH FOR GOOD de la Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania, publicado en 1990.
Su biografía según estos primitivos textos es simple en cifras, vio la primera luz del día en Villanueva de Sigena, Huesca, España en 1511, la Pears quiere que sea 1512, y vio la ultima luz, la de su hoguera, en Champel, Ginebra, Suiza, el año 1553.
Fue un humanista, geógrafo, astrónomo, filosofo, teólogo, abogado y medico, el latín y el griego no le eran ajenos, la historia de las ciencias le atribuye las primeras ideas sobre la circulación de la sangre, era un hombre de su época, el Renacimiento. Fue con su obra escrita, APOLOGETICA DISCEPTATIO PRO ASTROLOGIA, DIALOGORUM DE TRINITATE, CRISTIANISMI RESTITUTIO y la ya mencionada DE TRINITATIS ERRORIBUS que logro encontrar el camino a la hoguera.
Sus hechos, como todas las realidades humanas son más simples, se opuso públicamente a la doctrina teológica de la Trinidad, argumentando “que no se halla en las Escrituras, y solo parece perpetuar un error filosófico”, la declaro inentendible, imposible por la misma naturaleza de las cosas e incluso la considero una blasfemia. La Santa Iglesia Católica lo apresó y sentenció a muerte. Logro escapar del abrazo de la Santa Madre Universal para más tarde, por instigación de Calvino, hijo extraviado de aquella, volver a ser arrestado y enviado final y fatalmente a su hoguera.
Quevedo lo cita para advertencia de un posible lector dudoso de la Trinidad que Servet fue quemado vivo por igual pecado por el “abominable hereje” Calvino, (anagrama de Luciano, otro hereje), avisa así al lector incrédulo que sus ideas son condenadas hasta por los heresiarcas.
La PEARS’CYCLOPEDIA dedica nueve líneas a John Calvin, pero en ellas no cita a Michael Servetus, en las ocho líneas dedicadas a este, Calvino esta citado dos veces. Extrañamente, la biografía de una victima debe incluir específicamente a su victimario, la de un asesino, en cambio, no precisa la inclusión de su victima mas notable.
Acaso paradójicamente, el librito de la Watch Tower, de la ortodoxa secta de los Testigos de Adonaì, (el respeto a la antigua tradición de los Solferim, copistas judíos de los textos sagrados, me impide escribir el verdadero NOMBRE) es el que dedica mas espacio a Serveto, incluye un grabado de su rostro y otro del triste semblante de Juan Calvino. El lector, como es lógico, tendera a ver mas cerca a Calvino que a Serveto de tales editores.
El Concilio de Tolosa, en 1229, soluciono la controversia de la Trinidad, obviando argumentos teológicos y doctrinales que no venían al caso, proscribió sabiamente la posesión de libros bíblicos. Posteriormente el Concilio de Narbona prohibió que los legos poseyeran parte alguna de la Santa Biblia, completando así el convencimiento de la verdad.
Revisando mis libros en la búsqueda (sin éxito por lo demás) de la cita original de Borges sobre la Trinidad, di con la asombrosa frase que Miguel Servet dirigió a sus jueces después de escuchar la condena. Un lector inquisitivo la encontrara al final de la nota fechada en 1933, Arte de Injuriar, incluida en Historia de la Eternidad, publicado en 1953. Acuso entonces un quinto volumen, donde seis líneas corroboran el nombre y la hoguera.
Me pregunto si será este intrascendente manuscrito, que termino de escribir por mero aburrimiento a cuatro siglos de la hoguera, otro reflejo, mínimo, difuso, ya apenas visible, de aquel relámpago encendido en Nicea. Talvez cada causa queda titilando en el tiempo (como la luz de aquellas estrellas que aun vemos, a pesar que el astro formidable que la originó es posible que ya no exista), para ir a cumplirse en un efecto cada cierto tiempo, cuando encuentren sobre la tierra las tinieblas apropiadas.
martes, 7 de abril de 2009
ACERCA DE UN PLAGIO
El origen de este plagio reconocido data de hará menos de seis meses, cuando visitando la librería donde acostumbro a comprar mis Borges vi un pequeño texto de Italo Calvino, “Cosmicomicas”, lo entreleí un poco y no me atrajo, los diálogos (esa es mi medida para valorizar libros) se leían falsos y truculentos. Pero, Calvino, junto con Humberto Eco son dos conocidos borgeanos, ellos mismos así lo han reconocido, entonces pregunte por otros de sus libros, la dependiente buscó un buen rato en los anaqueles hasta que, cuando ya me iba, encontró, “Las Ciudades Invisibles” de Calvino. Leí algunos párrafos al azar, habían poquísimos diálogos y los que habían eran perfectamente creíbles, me interesó de inmediato.
No me equivoqué, hacia mucho que no encontraba un buen libro que no fuera de Borges.
Trata de la descripción de ciudades imaginadas. En un lenguaje muy preciso, hermoso, melancólico y pleno de nostalgias, llanamente poético.
Cada una de estas ciudades tiene nombre de mujer, y su individualidad esta dada por sus maravillosas arquitecturas o por ciertas características peculiares de sus habitantes o por una mágica combinación de ambas.
La exposición de las 55 ciudades esta hilvanada por filosóficos diálogos entre el melancólico Gran Khan y un visionario Marco Polo aunque, “No esta dicho que Kublai Khan crea todo lo que le dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado en sus misiones, pero lo cierto es que el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con mas curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores.”
La descripción de cada ciudad no lleva mas de dos o tres paginas, pero cada una encierra las maravillas de libros mayores.
Su lectura, placer que recomiendo, me llevó a plagiar descaradamente el método y, hasta donde mis muchas limitaciones me permitieron, el estilo y el lenguaje. Como dice Calvino en la pagina 59: “El viajero reconoce lo poco que es suyo al descubrir lo mucho que no ha tenido y no tendrá.”
El resultado son estas dos leves prosas. Vale.
LAS CIUDADES Y LOS OJOS
Cuando el viajero divisa a la distancia a Mariteria, la ciudad de las libélulas, la ve blanca y muy clara, pero cuando se aleja de ella la ve de un azul de cielo, profundo y a la vez extrañamente quieto. Todos sus visitantes se maravillan cuando ya lejos en distancias o años, buscan en sus recuerdos la ciudad de las libélulas y solo les viene a la memoria ese azul preciso e inconfundible.
Un anciano sabio, ornitólogo y heresiarca, que paso apenas un día en la ciudad, dijo antes de morir, muchos años después, que ese azul era una antigua defensa de la ciudad para confundir a los navegantes de los mares interiores, que era una coraza para alejar piratas y corsarios, poetas y soñadores, pero no enamorados.
Quien entra y recorre sus calles y plazas y sus mercados de especias y sus bazares de estatuas y mascaras, siente que la ciudad es suave, tranquila, que hay en ella un ámbito nítido, casi palpable de calma y serenidad que impregna las almas de sus habitantes, dándoles un aire de dulce lejanía pero a la vez de amistosa cordialidad.
El origen del nombre de ciudad de las libélulas se ha perdido en el tiempo, y solo han perdurado los mitos que lo refieren. Uno de ellos dice que es por la suavidad natural de sus gentes que parecen estar siempre deslizándose sobre el espejo de agua de un lago al atardecer. Otra, aun más poética, cuenta que ese azul con que las memorias evocan la ciudad, corresponde a la exacta tonalidad de ese color que se encuentra en la iridiscencia alar de la Anax imperator.
Existe una versión clandestina del origen del sobrenombre, aceptada como falsa, y que a veces el viajero escucha al pasar en algún bar de contrabandistas o en las ruidosas casas del barrio del vicio. Allí se dice que proviene del Kama Sutra, de la Posición de la Libélula, que, como es fama, es la única que aceptan las altas y ardientes meretrices de la ciudad.
Muchos aventureros al recordar ese azul tan único, con el tiempo llegan a creer que Mariteria es una isla y que un mar de ese color la rodea enteramente, solo muy pocos, los más crueles y despiadados, recuerdan claramente y para siempre, que esta en medio de un triste e infinito desierto.
LAS CIUDADES Y LOS SIGNOS
A Matressia se accede cruzando una larga pero no alta cordillera. Este cruce, imposible a la luz del sol, se hace a través de un túnel interminable, con curvas y rampas inclinadas hacia arriba y hacia abajo, y con innumerables vericuetos inútiles. Bajo la arcada de la salida y una vez reacostumbrados los ojos a la nueva oscuridad, el viajero puede ver en la honda negrura de la noche, muy a lo lejos aun, las altas flamas de las hogueras. Porque en Matressia siempre hay hogueras en las noches.
Sucede que en esta ciudad hay ciclos continuos de carnavales y abstinencias. De lujuriosas fiestas paganas y dolorosos ayunos y suplicios. Escasos iniciados son los que saben el mecanismo que rige estos ciclos. Décadas de estudios y estadísticas llevaron al astrónomo del reino a sugerir que era un algoritmo basado en los solsticios y a la vez en algunas fases de la Luna, aquellas relacionadas con los equinoccios. Los aciertos de sus predicciones que en un principio fueron mas que aceptables, con los años fueron derivando hasta un caótico y burlón azar.
Pero sus habitantes no necesitan de oráculos ni de pronósticos ni de almanaques, para saber que les deparara la cercana noche, si una bacanal ilimitada o un doloroso tormento. En el atardecer, a mitad del crepúsculo, en un astil de la catedral se eleva una bruñida esfera de bronce o una tenue banderola de seda blanca. Es el aviso de noche de comparsas o de renuncias. Solo entonces se inician las desmesuradas fogatas. En carnaval los habitantes bailan y beben y fornican alrededor de los altos fuegos. En abstinencia y martirio, los mismos habitantes se sientan en apretados círculos concéntricos alrededor de las silenciosas hogueras y oran con ululantes lamentaciones o gritos estremecedores de pena o dolor.
Bibliografía plagiada:
Le città invisibile. Italo Calvino, Editorial Einaudi, 1972, Italia,
La ciudades invisibles, traducción de Aurora Bernárdez, Ediciones Minotauro, 1998, España.
jueves, 26 de febrero de 2009
CONFUSAS DIVAGACIONES INTERTEXTUALES
Una preferencia bien puede ser una superstición.
Sobre los clásicos, Jorge Luís Borges.
Entonces ella me dijo la candente mañana en que Beatriz Viterbo murió, y yo le dije me carga Borges, es un viejo maricón y fascista, un sostenedor de las dictaduras latinoamericanas, me dijo no me importa, me gusta el escritor, el creador de magia, el inventor de ese sueño de todos que es Beatriz Viterbo,...
Gabriela y su mito, D.O. Gaete
¿Porque siempre que exploro con la humilde sabiduría del que sabe que no sabe algún laberinto literario me encuentro ahí, en su centro, al viejo poeta ciego?, ¿será él el Minotauro que resguarda el texto total [1] en el centro mismo de la Biblioteca [2]?
Veamos un ejemplo reciente: Unos pocos días atrás leía un libro ajeno a mi circuito (Borges y García Márquez), se trata de Variaciones sobre la escritura de Roland Barthes [3]. Como es fama, Barthes es el fundador de la semiótica [4] en Francia junto a los intelectuales de la revista Tel Quel, sus obras como El imperio de los signos, La aventura semiológica, La cámara lúcida, S-Z, Lo obvio y lo obtuso o Literatura y sociedad, se han convertido, en referencias obligadas para cualquier estudioso tanto de la literatura como de cualquier otro lenguaje con afán estético.
El raro libro llego a mis manos gracias a mi hijo Diego, poeta de la nueva generación, quien lo compró en su viaje a Argentina donde fue invitado al Festival Latinoamericano de Poesía de Buenos Aires, Salida al Mar 2006.
Pues bien, algo sabia yo de Barthes, no mucho, solo que junto con Saussure, Derrida, Lacan, Althusser, la Kristeva, Mauthner, incluso Eco, era uno de los estudiosos reconocidos de la semiótica, disciplina que junto con el latín me hubiera encantado conocer y que ya no conoceré. Tomé entonces tal libro y me fui a mi bosque personal para asomarme a los misterios semióticos. Dos cosas me saltaron de inmediato a la cara, lo primero fue la certeza de mi ignorancia supina en tales temas, han habido hasta ahora (voy en la pagina 111 de 193) párrafos completos en que no he entendido nada, absolutamente nada, y eso que en ellos aparecen palabras mas o menos conocidas, solo que tienen (o toman) ahí un significado recóndito, codificado para felices iniciados y no para un diletante bien intencionado. Lo segundo fue la extrañeza de que en un texto sobre escritura no se mencione (hasta la pagina 111) ni una sola vez a Borges.
Ahora bien, en la citada pagina 111 leí el breve siguiente párrafo:
En suma, la escritura no es nada más que una resquebrajadura. Se trata de dividir, de surcar, de discontinuar una materia plana, papel, piel, placa de arcilla, muro. Así, en los tiempos muy antiguos de China, se empezaron a “leer”, con fines adivinatorios, las resquebrajaduras que el fuego producía en las escamas de las tortugas, o en las huellas de las patas de los pájaros sobre la arena. [5]
Nerudiano vicioso en mi juventud, de inmediato me vino a la memoria la imagen y los versos del grande Pablo [6]:
Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.
Tal obvia asociación despertó al abusivo reescritor que hay en mi y me dije, ‘he acá una buena cita reescritural para un próximo PARADOXAS’. [7]
Bien, hoy comencé a escribir la presentación de la cita reescritural. Transcribí la cita de Barthes directo del libro. Pero al buscar vía Internet el poema de Neruda (ya es mas fácil y rápido que ir a los libros...) usé torpemente la secuencia de palabras “huellas aves arena” en el buscador Google, lo que me dio 104.000 referencias. Ninguna por supuesto del poema buscado. Al revisar, leí al final de los primeros 10 resultados lo siguiente:
Belén Gache Desde tiempos inmemoriales, el hombre se ha dedicado a descifrar signos intentando leer la dirección del vuelo de las aves, las huellas de los animales, ...
www.findelmundo.com.ar/
Esa línea llamó mi atención y accedí al texto. Se trata del ensayo que recibió el Premio al Ensayo del Año otorgado por la Asociación Argentina de Críticos en 2002 [8]. Al entreleerlo di con este párrafo:
Carlo Ginzburg menciona en su libro Mitos, emblemas e indicios, que la invención de la escritura le había sido atribuida a un alto funcionario chino que había observado las huellas dejadas por un ave sobre la arena de una playa. Allí, este funcionario habría concebido el pictograma. En relación con la huella, el pictograma constituye ya un paso adelante en la abstracción intelectual.
Y a continuación:
El afán heurístico ha llevado al ser humano no solamente a leer los signos sino, así mismo, a crearlos. Muchos han remarcado la situación privilegiada que poseen en este sentido los poetas. Entre ellos, Jorge Luís Borges decía que el poeta, al articular inversiones de la organización sígnica, la disociaba del pensar y del saber. Famoso es, en este sentido, su estudio de las Kennigar o "nominaciones enigmáticas" de la poesía islandesa. Hacia el año 100 de nuestra era, los poetas islandeses se ocupaban de inventar nombres como "pez de la batalla" para referirse a la espada o "sangre de los peñascos" para referirse a los ríos. Estos nombres, decía Borges, poseen la capacidad de extrañarnos del mundo. Los procedimientos de los poetas tienen esta virtud: rescatan a los signos de su significación referencial, los desplazan devolviéndoles su poder creativo originario.
Ahí estaba Borges. Esta mención y eso de la ‘invención de la escritura’ por un ‘alto funcionario chino’ del párrafo anterior, me obligaron a entrar en sus laberintos. Recordé algún texto de Borges sobre como un emperador chino había definido los hexagramas del I Ching a partir de los dibujos en la caparazón de una tortuga. Ahora sé que no era así, la cita era doble, como un el jardín donde los senderos se bifurcan [9]. Recordaba muy bien el texto de Borges como una prosa;
En su capítulo segundo leí que uno de los cinco textos canónicos que Confucio editó es el Libro de los Cambios o I King, hecho de 64 hexagramas, que agotan las posibles combinaciones de seis líneas partidas o enteras.
...
Un emperador prehistórico los habría descubierto en la caparazón de una de las tortugas sagradas. [10]
Pero mi desgastada memoria no había conservado el quinto verso del poema La Trama incluido en el ultimo de sus libros;
Los hexagramas que un emperador descubrió en la caparazón de una de las tortugas sagradas.[11]
La verdad histórica es que la invención de la escritura china se atribuye a Fu-Shi, emperador legendario que vivió hace 5 milenios. El chino es un antiquísimo sistema de escritura y, lo que es más increíble, ha variado muy poco en sus miles de años de existencia. El texto más antiguo de escritura china proviene de la dinastía Shang (c. 1765-1122 antes de Cristo), y consiste en inscripciones adivinatorias hechas en huesos y caparazones de tortugas. Se escribía sobre el hueso de un animal o la concha de una tortuga, y se practicaba un orificio, que se calentaba hasta que irradiaban una serie de grietas. Los adivinos hallaban las respuestas a las preguntas que habían planteado al oráculo en el dibujo que formaban las grietas. [12]
Para cerrar el circulo, creo que las lecturas que los adivinos hacían de aquellas grietas debieron ser equivalentes especulares (leer / escribir) a la creación poética, según lo dicho por Borges: el poeta, al articular inversiones de la organización sígnica, la disocia del pensar y del saber, es decir posee la capacidad de extrañarnos del mundo[13].
De los epígrafes, debo aclarar que el primero surgió sin autor de la búsqueda de la cita sobre lo escrito en la caparazón de las tortugas, lo reconocí como borgeano, y lo ubiqué bibliográficamente sin buscarlo en el mismo texto de la referencia borgeana sobre el emperador chino que invento la escritura. El segundo, lo escribió un amigo poeta en un e-mail que me llegó ayer temprano en la mañana. Pero esas han de ser meras coincidencias.
Post data.- He concluido la lectura de las 193 paginas del libro de Barthes, solo en la pagina 154 se cita a Funes el memorioso[14], es decir Borges no esta citado pero sí implícito.
Notas bibliograficas.
[1]
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
LA BIBLIOTECA DE BABEL, Jorge Luis Borges, 19...
[2]
Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).
LA BIBLIOTECA DE BABEL, Jorge Luis Borges, 1949
[3]
Variaciones sobre la escritura. Roland Barthes, Paidós Comunicación 137, 1ª Edición en Argentina, 2003.
[4]
Hoy en día circulan varias definiciones de semiótica que, de hecho, corresponden a otros tantos proyectos, diversos entre sí.
Para Pierre (Collected Papers) semiótica es “la doctrina de la naturaleza esencial de las variedades fundamentales de toda posible semiosis”.
Para De Saussure (Curso), se trata de “una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social” a la que propone que se dé el nombre de “semiología”.
Para Erik Buyssens (La comunicación et l´articulación linguistique), en cambio, se trata del “estudio de los procesos de comunicación, es decir, de los medios utilizados para influir a los otros y reconocidos como tales por aquel a quien se quiere influir”, la llama semiología.
Mientras Ch. Morris (Signos, lenguaje y conducta) define la semiótica como una “doctrina comprehensiva de los signos”.
Para Umberto Eco “es una técina de investigación que explica de manera bastante exacta como funcionan la comunicación y la significación”.
[5]
Variaciones sobre la escritura. Roland Barthes, 1973, Texto para el Istituto Accademico di Roma, destinado a un libro colectivo sobre la comunicación que no se publicó.
En Variaciones sobre la escritura. Paidós Comunicación 137, 1ª Edición en Argentina, 2003.
[6]
POEMA 5
Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.
Collar, cascabel ebrio
para tus manos suaves como las uvas.
Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.
Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.
Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.
Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.
Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que tú las oigas como quiero que me oigas.
El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.
Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.
Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.
VEINTE POEMAS DE AMOR Y UNA CANCION DESESPERADA. Pablo Neruda, 1925
[7]
PARADOXAS. REVISTA VIRTUAL DE POESIA, fundada en 2003 por el autor de este articulo.
[8]
Jorge Macchi: el destino como principal sospechoso. Belén Gache
Ensayo realizado para el Centre Régional d'Art Contemporain, Montbéliard, Francia, 2001. Este ensayo ha recibido el Premio al Ensayo del Año otorgado por la Asociación Argentina de Críticos de Arte en noviembre de 2002
[9]
El jardín de senderos que se bifurcan. Jorge Luis Borges, 1941., y en Ficciones, 1944.
[10]
Sobre los clásicos. OTRAS INQUISICIONES, Jorge Luis Borges, 1960
[11]
LOS CONJURADOS. Jorge Luis Borges, 1985
LA TRAMA
Las migraciones que el historiador, guiado por las azarosas reliquias de la
cerámica y del bronce, trata de fijar en el mapa y que no comprendieron los
pueblos que las ejecutaron.
Las divinidades del alba que no han dejado ni un ídolo ni un símbolo.
El surco del arado de Caín.
El rocío en la hierba del Paraíso.
Los hexagramas que un emperador descubrió en la caparazón de una de las tortugas
sagradas.
Las aguas que no saben que son el Ganges.
El peso de una rosa en Persépolis.
El peso de una rosa en Bengala.
Los rostros que se puso una máscara que guarda una vitrina.
El nombre de la espada de Hengist.
El último sueño de Shakespeare.
La pluma que trazó la curiosa línea: He met the Nightmare and her name he told.
El primer espejo, el primer hexámetro.
Las páginas que leyó un hombre gris y que le revelaron que podía ser don
Quijote.
Un ocaso cuyo rojo perdura en un vaso de Creta.
Los juguetes de un niño que se llamaba Tiberio Graco.
El anillo de oro de Polícrates que el Hado rechazó.
No hay una sola de estas cosas perdidas que no proyecte ahora una larga sombra y
que no determine lo que haces hoy o lo que harás mañana.
[12]
Fuente: Fazzioli, Edoardo: Chinese calligraphy. From Pictogram to Ideogram: The History of 214 Essential Chinese/Japanese Characters, Calligraphy by Rebecca Hon Ko, Abbeville Press, 1987. Imagenes: www.ChinesePaintingsArt.com
[13]
El enigma en el seno mismo del signo.
El afán heurístico ha llevado al ser humano no solamente a leer los signos sino, así mismo, a crearlos. Muchos han remarcado la situación privilegiada que poseen en este sentido los poetas. Entre ellos, Jorge Luis Borges decía que el poeta, al articular inversiones de la organización sígnica, la disociaba del pensar y del saber. Famoso es, en este sentido, su estudio de las Kennigar o "nominaciones enigmáticas" de la poesía islandesa. Hacia el año 100 de nuestra era, los poetas islandeses se ocupaban de inventar nombres como "pez de la batalla" para referirse a la espada o "sangre de los peñascos" para referirse a los ríos. Estos nombres, decía Borges, poseen la capacidad de extrañarnos del mundo. Los procedimientos de los poetas tienen esta virtud: rescatan a los signos de su significación referencial, los desplazan devolviéndoles su poder creativo originario.
Jorge Macchi: el destino como principal sospechoso. Belén Gache, Ensayo realizado para el Centre Régional d'Art Contemporain, Montbéliard, Francia, 2001.
[14]
Funes El Memorioso. Jorge Luis Borges. Artificios, 1944, y en Ficciones, 1944.
miércoles, 25 de febrero de 2009
CHO SEUNG HUI, EL MAL ESCRITOR DEL HAN
(F.S.R.Banda, solo como mutilador y engarzador.)
Nació en Daehan Minguk, una de las Coreas, su familia vivía por ese tiempo en un apartamento de alquiler. El casero ha manifestado que no sabía lo que su padre hacía para ganarse la vida, pero confirmo que ellos tenían una vida pobre, que por eso habían emigrado, porque les era difícil vivir allí y que prefirieron vivir en un lugar en el que nadie les conociera.
A los ocho años le diagnosticaron el síndrome de Asperger, una variante leve del autismo. No obstante accedió a la universidad como estudiante de literatura inglesa.
Era una persona solitaria que apenas hablaba o lo hacía con frases cortas. Sus profesores de escritura y condiscípulos han dicho que sus trabajos escritos llevaban un tono violento. Estos últimos han confesado que le hacían burlas y lo trataban de forma rechazante.
Una estudiante dijo que el primer día de una clase de literatura, se hizo circular una lista de estudiantes; en lugar de su nombre y apellido, el sólo puso el símbolo «?». Otro confirmo que era un solitario, obsesivo con la violencia y que tenía serios problemas personales, aunque trataron de socializar con él no lo lograron: “parecía que no quería ser amigo de nadie”.
- "Hacíamos bromas en clase sobre su trabajo, porque era muy novelesco, muy surrealista, teníamos que reírnos". Dice Stephanie Derry, una compañera en las clases de escritura creativa.
- "No era un mal poeta, pero era intimidatorio". Asevera Nikki Giovanni, uno de sus profesores.
- "Le dejé claro que lo que escribía era inaceptable". Declara su profesora, Lucinda Roy.
Su nombre era Cho Seung-Hui, y el lunes 16 de abril del año recién pasado, a los 23 años, asesinó a 32 personas en el Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia, en Blacksburg, Virginia, Estados Unidos. Luego cometió suicidio. Las palabras "Ismail Ax" fueron encontradas escritas en su brazo con tinta ocre, aunque otros aseveran que era tinta roja, tambien la nota que se encontró en su habitación iba firmada con el nombre de "Ismail Ax", o "Ismael hacha" en una traducción literal.
Circularon numerosas teorías sobre ese “Ismail Ax”, una de ellas se refiere a un pasaje del Corán, el libro sagrado del Islam, sobre Abraham y su hijo, asociando la masacre con el terrorismo islamista. Sin embargo, si bien Ismail es el nombre en árabe para Abraham, juega el mismo papel que en el cristianismo, el judaísmo o en el Islam.
En Abraham comienza la genealogía de Jesús que se hace en los Evangelios, ya que fue el primero de cuya familia se predijo que el Mesías iba a nacer. Ismael, por su parte, es ubicado como el cabeza de la genealogía del profeta Mahoma.
Por su parte, el hacha es una simbología importante en la religión musulmana, y está presente en un pasaje destacable del Corán. El patriarca Abraham entró al templo con un hacha y destruyó todas las estatuas, todas menos la más grande, donde dejó colgada de su cuello el hacha. Cuando las tropas de Nimrod lo apresan para juzgarlo, y le preguntan dónde estaba el hacha, él contesta que interroguen a la estatua mayor. Pero si es una estatua, no habla, le dice el tirano. Ven, retruca Abraham, adoran a un ser sin vida.
Otros arguyen que AX es una manera de referirse a una hermandad femenina universitaria, la Alpha Chi Omega, abriendo una línea de mera perversión sexual para los mismos hechos.
Alguien escribió por ahí (i) que Mishima (ii) y Cho Seung-Hui comparten (iii) el misterio, el ansia de revancha, el fetichismo, la estética de una violencia anhelada. Comparten el mismo anhelo roto respecto de la palabra, que nos les alcanza, que les queda corta a la hora de retratar demonios y traumas. Talvez la explicación es mas simple, (y menos trágica que triste), Cho Seung-Hui, mal escritor, no le quedó mas que concretizar en sus victimas el han (iv), ese vinculo ineludible con su tierra natal que heredó a través de la sangre ancestral de su madre. Vale.
Notas.-
(i) El Comelibros, Alvaro Bisama. Revista de Libros, en Artes y Letras, El Mercurio, Domingo 29 de abril de 2007.
(ii) Yukio Mishima, de verdadero nombre Kimitake Hiraoka, fue un escritor japonés nacido en Tokio el 14 de enero de 1925 y muerto el 25 de noviembre de 1970. Fue un escritor disciplinado y versátil. No solo escribió novelas, novelas de series populares, relatos y ensayos literarios, también obras muy aclamadas para el teatro Kabuki y versiones modernas de dramas tradicionales.
Su escritura le hizo adquirir fama internacional y un considerable seguimiento en Europa y América, y muchos de sus obras más famosas fueron traducidas al inglés.
Ese 25 de noviembre Mishima llevo a cabo su suicidio ritual (seppuku) en la oficina del comandante del Campamento Ichigaya - el cuartel general de Tokio del Comando oriental de las Fuerzas de autodefensa de Japon. Como es tradicion en el suicidio ritual escribio una composición de jisei, (un poema compuesto por uno mismo cuando se acerca la hora de su propia muerte), antes de su entrada en el cuartel .
(iii) También comparten una rara cercanía en sus fechas de nacimiento; Seung-Hui el 18 de enero de 1984, y Mishima el 14 de enero del 1925. Aunque quizás solo le extrañan a este mero mutilador, nacido el 13 de enero de 1950. Todos nacidos bajo el signo de Capricornio (v).
(iv) F. Joün des Longrais, un viajero, hombre de letras apasionado de Extremo Oriente dijo en 1927: "Los coreanos (...) son gente valiente, absorbida en una incierta, vaga búsqueda de ideas ancestrales, resignados sin goce a un duro trabajo. Un pueblo oprimido por no se sabe qué misterioso peso". Este pensamiento fue retomado por R.Teissier du Cros quien fuera embajador en Seúl entre 1975 y 1980. En su obra "Los coreanos" dice: "… existe en la psicología de su pueblo un sentimiento original que tiene el nombre de "Han" y que sería una disposición a la tristeza, una suerte de tristeza crónica. La tradición ha enseñado a los coreanos a tomar con energía la armonía entre el cielo, la tierra y el ser humano, a dominar sus instintos, sus pulsiones, todo lo que hace su personalidad, a reflotar una fuerza interior que aún hoy en día queda largamente sin uso. Es el resultado del "han".
Cho Dongil dice: (...) los sentimientos que se sostienen en la angustia se llaman "han", lamentación (...) practicando la literatura y el arte se elimina la lamentación y se alcanza el éxtasis.
Pak Hyung-Yung, escritor coreano que vive en Argentina, explica que "han" es "autoconfesión que expresa su rencor; escribiendo el "han" se alivia el corazón. Al sacar ese "han" se puede compartir y superar el sufrimiento". Según este escritor "han" significa etimológicamente, "en el corazón hay raíz".
La Dra. Lee Hee Kyung explica que según la etimología china, el ideograma "han" está compuesto por la raíz corazón y un carácter que es la combinación de ojo y de cuchillo en el sentido de "marca indeleble en el rincón del ojo" o "tatuado con la punta de un cuchillo". La definición etimológica sería pues "un trazo inefable, siempre vivo en el corazón".
Según la obra fundamental para la etimología de los caracteres chinos titulada "Shuo wen jie zi" ("Expresión de las grafías y explicación de las escrituras"), de Xu Shen, compilada en 121 d.C., el carácter chino correspondiente consta, a la izquierda, de un radical "corazón", que denota un concepto mental, emocional, o psicológico; y un elemento a la derecha sin valor conceptual sino meramente fonético, pues se trata de un carácter de "forma y sonido", según la clasificación clásica de la escritura china.
(v) CAPRICORNIO. Del 22 de diciembre al 19 de enero.
PERSONALIDAD: Los nativos de Capricornio se caracterizan por ser laboriosos, perseverantes, diplomáticos, distantes, solitarios, prudentes, responsables, ordenados, pacientes, reflexivos, conservadores.
DEFECTOS: Los Capricornio a veces pecan de desconfianza, crueldad, mezquindad, rigidez, dogmatismo.
COMO LLEVARSE BIEN CON UN CAPRICORNIO: Al tratar con Capricornio a veces hay que mantener las distancias y guardar las formas.
Fuente bibliografica principal.
El texto esta copiado, mutilado y engarzado, que no editado, de Wikipedia. La enciclopedia libre. En Google la búsqueda de ‘Cho Seung-hui’ da la no despreciable cifra de aproximadamente 617.000 entradas, considerando que nuestro Roberto Bolaño, (Santiago de Chile, 28 de abril de 1953 - Barcelona, 14 de julio, 2003), uno de los escritores más relevantes de la Latinoamérica actual, da solamente 589.000.
EL EXTRAÑO MANUSCRITO VOYNICH
(F.S.R.Banda, solo como mutilador.)
En ese temible volumen yace el misterio de los misterios.
Sir Walter Scott
El manuscrito Voynich es un misterioso libro ilustrado de contenidos desconocidos, escrito hace alrededor de quinientos años por un autor anónimo en un alfabeto no identificado y un idioma incomprensible. El libro lleva ese nombre por el especialista en libros antiguos Wilfrid M. Voynich, quien lo adquirió en 1912.
El libro posee alrededor de docientas cuarenta páginas de pergamino, con vacíos en la numeración de las mismas (la cual es aparentemente posterior al texto, quizá del siglo XVI), lo que sugiere que varias páginas se encontraban ya extraviadas al momento de su compra por Voynich. Se utilizó una pluma para escribir el texto y delinear las figuras, y pintura de colores (algo escabrosamente) para las figuras; según se puede apreciar, el texto es posterior a las figuras, ya que en numerosas ocasiones el texto aparece tocando el borde de las imágenes, algo que no ocurriría si éstas hubiesen sido añadidas a posteriori.
Las ilustraciones del manuscrito no aclaran los contenidos del texto pero denotan que el libro consta de seis "secciones", con diferente materia y estilo. Exceptuando la última sección, que contiene únicamente texto, casi la totalidad de las páginas contienen al menos una ilustración. Las secciones y sus nombres convencionales son: Herbario, Astronómica. Biológica, Cosmológica, Farmacéutica, y Recetas.
El texto fue claramente escrito de izquierda a derecha, con un desprolijo margen derecho. Las secciones más largas se encuentran partidas en párrafos, a menudo con "viñetas" en el margen izquierdo. No hay evidencia de signos de puntuación. El texto es fluido, como si el escriba entendiera lo que estaba escribiendo mientras lo hacía; el manuscrito no da la impresión de que cada carácter haya tenido que ser calculado antes de ser escrito en la página.
El texto consiste de más de ciento setenta mil glifos, normalmente separados unos de otros por pequeños espacios. La mayoría de los glifos están escritos con uno o dos trazos simples. Considerando que existen disputas sobre si ciertos glifos son distintos o no, se calcula que el alfabeto entero consta de entre veinte y treint glifos totales para casi todo el texto, con raras excepciones de algunas docenas de caracteres "extraños", encontrados una o dos veces en todo el texto.
Los espacios más anchos dividen el texto en alrededor de treinta y cinco "palabras" de longitud variada. Estas parecen seguir una cierta fonética o reglas ortográficas de cierto tipo; por ejemplo, algunos caracteres deben aparecer en cada palabra (como las vocales en el castellano), algunos caracteres nunca siguen a otros, algunos pueden ser dobles pero otros no.
Algunas palabras ocurren exclusivamente en ciertas secciones, o sólo en algunas páginas; otras son vistas en todo el manuscrito. Existen muy pocas repeticiones entre las miles de "leyendas" adjuntas a las ilustraciones. En la sección herbario, la primera palabra de cada página es vista solamente en esa página, pudiendo representar el nombre de la planta. Existen secuencias en las cuales la misma palabra común aparece hasta tres veces consecutivas.
Dado que actualmente el alfabeto del manuscrito Voynich no se asemeja a ningún tipo de escritura conocida, y siendo que el texto continúa sin ser descifrado; la única evidencia práctica de la edad y origen del libro son sus ilustraciones. En especial los atuendos y peinados de las figuras humanas y algunos castillos vistos en los diagramas. Todo es característicamente europeo y basado en esta evidencia, la mayoría de los expertos asignan el libro a la edad comprendida entre 1450 y 1520. Esta estimación es apoyada por otras pistas secundarias.
El primer dueño confirmado del manuscrito fue un cierto Georgius Barschius, un oscuro alquimista que vivió en Praga a comienzos del siglo XVII. Aparentemente Barschius se encontraba tan confundido con respecto al libro como nos encontramos en la actualidad. Tras enterarse de que Athanasius Kircher, un erudito jesuita del Collegio Romano, había publicado un diccionario de copto (etiopiano) y "descifrado" los jeroglíficos egipcios, envió una muestra del manuscrito Voynich a Kircher en dos ocasiones, pidiéndole pistas. Su carta a Kircher en 1639, recientemente hallada por René Zandbergen, es la mención más reciente del manuscrito que ha sido hallada hasta la fecha.
Tras la muerte de Barschius el manuscrito pasó a manos de su amigo Johannes Marcus Marci, en aquel entonces rector de la Universidad Charles de Praga, quien expéditamente envió el libro a Kircher, su amigo corresponsal. La carta de Marci (1665) se encuentra aún adjunta al manuscrito. En esta carta le ofrece el manuscrito para su descifrado y menciona que fue adquirido por el emperador Rodolfo II de Bohemia (1552-1612) por seiscientos ducados de oro. La carta luego menciona que en la corte de Rodolfo II se creía que el autor del manuscrito era Roger Bacon.
No se encuentran registros del libro en los siguientes docientos años, aunque muy probablemente fuera conservado, junto con la correspondencia de Kircher, en la librería del Collegio Romano, la actual Universidad Pontificia Gregoriana. Allí permaneció probablemente hasta que las tropas de Víctor Manuel II de Italia capturaron la ciudad en 1870 y se anexionaron los Estados Pontificios. De acuerdo con las investigaciones de Xavier Ceccaldi y otros, justo después de este acontecimiento muchos de los libros de la biblioteca de la universidad fueron transferidos precipitadamente a las bibliotecas personales de su facultad, donde quedaron exentos de la confiscación. La correspondencia de Kircher, incluyendo el manuscrito, se encontraba entre estos libros.
Parece ser que alrededor del año 1912 el Collegio Romano se encontraba en una situación económica precaria y decidió vender, discretamente, algunas de sus propiedades. Así fue cómo Wilfrid Voynich adquirió treinta manuscritos, entre ellos el que llevaría su nombre. En 1961, tras fallecer Voynich, su viuda vendió el libro a otro marchante de libros antiguos, llamado H. P. Kraus. No pudiendo encontrar un comprador, Kraus donó el manuscrito a la Universidad de Yale en 1969. Actualmente es el ítem MS 408 en la Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos de esta universidad.
A lo largo de su existencia constatada, el manuscrito ha sido objeto de intensos estudios por numerosos criptógrafos profesionales y amateurs. Ninguno consiguió descifrar una sola palabra. Esta seguidilla de fracasos ha convertido al manuscrito en el Santo Grial de la criptografía histórica; pero ha alimentado también la teoría de que el libro no es más que un elaborado engaño, una secuencia de símbolos al azar sin sentido alguno.
Nota del mutilador.- Este texto sería fácilmente atribuible a Borges, a una mala traducción de Borges, si no fuera porque el tal manuscrito realmente existe en los vetustos anaqueles de Yale University Library. Y aun mas, puede leerse (mirarse, sensu strictus) fácilmente, pagina a pagina, en la Beinecke Digital Collection del sitio web:
http://beinecke.library.yale.edu/dl_crosscollex/SetsSearchExecXC.asp?srchtype=ITEM
Fuentes bibliograficas.
El texto esta copiado, mutilado y algo editado de Wikipedia. La enciclopedia libre:
http://es.wikipedia.org/wiki/Manuscrito_Voynich
Para mayor información sobre el tema, de las 331.000 entradas de GOOGLE para la palabra “VOYNICH”, me parece que la mas completa es el sitio oficial del libro El Manuscrito Voynich, de Marcelo Dos Santos:
http://manuscritovoynich.blogspot.com/